En el panorama industrial contemporáneo, la seguridad y salud en el trabajo se han consolidado como pilares fundamentales para la continuidad operativa y el bienestar humano. Una de las sesiones más reveladoras en este ámbito fue la reciente Charla SSOMA titulada «¿Cómo lograr una protección de manos efectiva?», organizada por la plataforma Cero Accidentes. En este espacio, el ingeniero Donny Buchelli, especialista de la empresa Segurindustria, desglosó la complejidad técnica y estratégica que rodea a uno de los Equipos de Protección Personal (EPP) más utilizados pero, a menudo, peor seleccionados: los guantes de seguridad.
La relevancia de este tema no es menor si se considera que, según las estadísticas globales citadas en las fuentes, las lesiones en las manos representan aproximadamente el 25% de todos los accidentes laborales a nivel mundial. Estos incidentes no solo conllevan pérdidas millonarias por días de trabajo perdidos y tratamientos médicos, sino que esconden historias personales y familiares que podrían evitarse mediante una selección informada y técnica del equipo adecuado. Las manos son descritas como las herramientas más valiosas de la industria, permitiendo precisión, fuerza y tacto, por lo que garantizar su integridad es esencial para cualquier operación.
Uno de los puntos centrales de la exposición fue la importancia de comprender las normativas que certifican los guantes, específicamente la normativa europea (EN) y la norteamericana (ANSI). De acuerdo con las fuentes, la normativa europea clasifica los riesgos en tres categorías: la categoría uno para riesgos leves como los de jardinería; la categoría dos para riesgos intermedios que requieren certificación de laboratorio; y la categoría tres para riesgos mortales o lesiones irreversibles, como los que enfrentan los bomberos o quienes trabajan con alta tensión eléctrica. La distinción es vital porque un guante diseñado para una categoría no protegerá adecuadamente en otra superior.
En cuanto a la protección mecánica, la norma EN 388:2016 es el referente principal para evaluar la resistencia a la abrasión, el corte, el desgarro y la punción. El ingeniero Buchelli explicó detalladamente que la resistencia a la abrasión se mide por ciclos de fricción, donde un nivel cuatro implica resistir más de 8000 ciclos antes de desgastarse. Sin embargo, la mayor evolución se observa en las pruebas de corte. Mientras que el tradicional «CUP test» utiliza una cuchilla rotatoria, la nueva normativa incorpora el método ISO 13997, que emplea una cuchilla rectangular con presión controlada para medir la fuerza en Newtons. Esto ha cambiado la forma de clasificar los guantes, pasando de números a letras (de la A a la F), donde un nivel F ofrece la máxima protección ante cortes de alta intensidad.
Resulta fascinante observar la comparativa entre la normativa europea y la norteamericana (ANSI 105). Las fuentes indican que, mientras la norma europea alcanza un máximo de 30 Newtons de resistencia al corte, la americana puede certificar hasta 60 Newtons (nivel A9), lo que es común en guantes de malla metálica para la industria cárnica. Asimismo, la norma americana ofrece niveles de resistencia a la abrasión mucho más altos, llegando hasta los 20,000 ciclos en su nivel seis, frente a los 8,000 del estándar europeo. Esta información técnica es crucial para que los responsables de seguridad no elijan basándose únicamente en el costo, sino en la capacidad real del material frente al riesgo específico de la tarea.
Riesgos térmicos y químicos
La charla también abordó los riesgos térmicos y químicos con igual profundidad. Para el calor, la norma EN 407 evalúa parámetros como el comportamiento a la llama, el calor por contacto y el calor radiante. Un dato preventivo esencial mencionado es que el calor por contacto solo garantiza protección por un máximo de 15 segundos; después de ese tiempo, la temperatura interna del guante sube peligrosamente. En el extremo opuesto, la protección contra el frío (EN 511) considera la permeabilidad al agua, advirtiendo que, si un guante no es impermeable (nivel cero), la humedad anulará sus propiedades térmicas y podría provocar hipotermia. Por su parte, la protección química se rige por la norma ISO 374, que clasifica los guantes en tipos A, B o C según el número de sustancias químicas que pueden resistir durante al menos 30 minutos. Es imperativo consultar siempre la ficha técnica, ya que la resistencia varía drásticamente según la concentración del químico, como sucede con el ácido sulfúrico al 10% frente al 98%.
En el ámbito eléctrico, las fuentes destacan una regla de oro: el sistema de tres capas. Para trabajos de baja o alta tensión, no basta con el guante dieléctrico. Es obligatorio usar una primera capa de algodón para el sudor, el guante eléctrico propiamente dicho y un sobreguante de cuero o badana que lo proteja de daños mecánicos como pinchazos o cortes. Omitir el sobreguante pone en riesgo la vida del trabajador, ya que una perforación mínima en la goma dieléctrica anula su capacidad aislante. Además, estos guantes requieren inspecciones neumáticas de inflado antes de cada uso y pruebas eléctricas de laboratorio cada seis meses.
El ingeniero Buchelli desmintió varios mitos comunes que generan una falsa sensación de seguridad. Por ejemplo, es un error creer que un mayor nivel de resistencia al corte implica automáticamente una mayor durabilidad ante la abrasión. Del mismo modo, no existe un guante que ofrezca protección térmica extrema sin sacrificar destreza, pues el aislamiento requiere grosor.
La protección efectiva no se logra simplemente usando «un guante», sino seleccionando el guante correcto para el riesgo correcto, validándolo siempre mediante pruebas piloto en campo con los usuarios reales. La seguridad, en última instancia, es un compromiso con la vida que trasciende las estadísticas para proteger el futuro de cada trabajador.

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