En el mundo industrial, el término «cultura de seguridad« se utiliza con frecuencia para explicar desde pequeños incidentes hasta catástrofes de gran magnitud como Chernóbil o Deepwater Horizon. Sin embargo, a pesar de su uso extendido, el concepto suele ser malentendido o aplicado de forma ineficaz. El artículo de revisión Navigating the Safety Culture Construct: A Review of the Evidence, publicado por el Dr. Dominic Cooper, ofrece una brújula científica para entender qué funciona realmente y qué es simplemente ruido académico.
Desde que el término surgiera en la década de los 80, la cultura de seguridad ha caído en lo que Cooper denomina un «pantano» conceptual. Con más de 50 definiciones diferentes circulando en la literatura, las organizaciones a menudo se sienten confundidas sobre cómo mejorarla.
Para simplificar, Cooper resalta que la cultura de seguridad debe verse como un producto: el grado observable de esfuerzo con el que todos los miembros de una organización dirigen su atención y acciones hacia la mejora de la seguridad diariamente. No se trata solo de lo que la gente «siente», sino de lo que la organización tiene (sistemas) y lo que la gente hace (comportamientos).
Uno de los aportes más críticos del Dr. Cooper es el test de «supervivencia del más apto» aplicado a las investigaciones existentes. Al analizar décadas de estudios, Cooper encontró una desconexión preocupante:
- Los factores psicológicos están «heridos»: las encuestas de clima de seguridad y los intentos por cambiar las actitudes de los trabajadores tienen una relación débil o inexistente con la reducción real de accidentes. Por sí solas, las encuestas no previenen desastres.
- Los factores situacionales y conductuales son los «supervivientes»: los sistemas de gestión de seguridad y los comportamientos específicos —especialmente los de los gerentes— muestran una relación fuerte y consistente con la prevención de lesiones graves y fatalidades.
La regla del 80/20 en seguridad
La evidencia es contundente: cerca del 80 por ciento de los desastres de seguridad de procesos son causados por comportamientos gerenciales o la falta de ellos. Estos incluyen fallas en el liderazgo para planificar actividades adecuadamente, ignorar lecciones aprendidas de incidentes previos o no asignar recursos suficientes para el mantenimiento.
Por ello, la recomendación principal del Dr. Cooper es clara: las organizaciones deberían concentrar el 80 por ciento o más de sus esfuerzos de mejora de la cultura en los factores situacionales (como los sistemas de gestión) y conductuales (el comportamiento proactivo de los líderes).
Seis pilares para una cultura robusta
Tanto la academia como las investigaciones públicas de grandes desastres coinciden en seis características principales que deben ser el blanco de cualquier intervención:
- Gestión y supervisión: el compromiso real y las acciones visibles de los líderes.
- Sistemas de seguridad: la efectividad de la comunicación y el aprendizaje organizacional.
- Riesgo: cómo se perciben y controlan las amenazas en el día a día.
- Presión Laboral: el equilibrio entre la producción y la seguridad.
- Competencia: la calidad del entrenamiento y la capacidad de reacción ante lo inesperado.
- Procedimientos y reglas: su existencia, calidad y cumplimiento real.
Mejorar la cultura de seguridad no es una tarea rápida; requiere consistencia de propósito y ejecución a largo plazo. Al enfocarse en el comportamiento de los líderes y en la robustez de los sistemas, la psicología de la organización (las actitudes y valores) se alineará de forma natural para reducir la disonancia entre lo que se dice y lo que se hace. En última instancia, la cultura de seguridad debe dejar de ser un concepto abstracto para convertirse en el esfuerzo diario por mantener el «producto en el tubo» y a las personas a salvo.
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