Un fenómeno climático no solo inunda calles: transforma paso a paso cada centro de trabajo en un escenario distinto, con peligros que antes no existían o que se intensifican de golpe.
Cada vez que El Niño Costero toca la costa peruana, las imágenes se repiten: calles convertidas en ríos, vehículos varados, familias achicando agua de sus viviendas. Pero hay una dimensión menos visible del fenómeno que afecta directamente a millones de trabajadores: la forma en que altera, silenciosa y progresivamente, las condiciones físicas de los lugares donde se gana el sustento diario. Según un documento técnico elaborado por la Superintendencia Nacional de Fiscalización Laboral (SUNAFIL), El Niño Costero puede modificar las instalaciones, los equipos, los pisos, las vías de circulación, los terrenos, los sistemas de saneamiento, los almacenes y la organización de las labores, y esas modificaciones son el punto de partida de toda una cadena de consecuencias.
Entender esa cadena —de la modificación del entorno al posible daño final— no es un ejercicio teórico. Es la diferencia entre anticipar un accidente y lamentarlo. SUNAFIL describe este recorrido como una «cadena preventiva»: el fenómeno modifica las condiciones de trabajo, esa modificación hace aparecer o intensifica un peligro específico, el trabajador queda expuesto, existe entonces una probabilidad de riesgo y, si no se actúa a tiempo con medidas de prevención, el peligro puede materializarse en un daño concreto. A continuación, revisamos cómo opera esta cadena en tres frentes distintos de la vida laboral.
Agua que se filtra y techos que ceden: el peligro donde menos se espera
El primer frente tiene que ver con la electricidad y las estructuras. Según los ejemplos recogidos por SUNAFIL, cuando el agua ingresa a un área con instalaciones eléctricas, un tablero, conexión, conductor o equipo energizado queda expuesto a la humedad. Si un trabajador ingresa, transita o interviene en esa zona, aparece la probabilidad de contacto eléctrico en condiciones húmedas, un riesgo que puede derivar en quemaduras, alteraciones cardíacas, lesiones graves o incluso la muerte.
El segundo ejemplo de este bloque ocurre en las alturas. Cuando se obstruyen canaletas o desfogues y se acumulan agua, lodo, residuos, materiales u objetos sobre una cobertura, el techo o la estructura puede quedar sobrecargada, debilitada, deteriorada, o con objetos inestables ubicados en altura. Las personas que están debajo de esa cobertura, o los trabajadores que intervienen sobre ella, quedan expuestos a la probabilidad de colapso, desprendimiento, caída de objetos o caída de altura, con consecuencias que van desde golpes y fracturas hasta el aplastamiento o la muerte.
Lo que ambos casos tienen en común es que el peligro no nace del fenómeno en sí, sino de cómo este interactúa con una infraestructura que no estaba preparada para soportarlo. El documento subraya que el proceso de evaluación de riesgos es el que permite, tras identificar el peligro, «valorar su nivel, grado y gravedad» y decidir qué medidas de prevención resultan prioritarias.

Terrenos inestables y aguas contaminadas: cuando el suelo y el saneamiento fallan
El segundo bloque de riesgos aparece cuando el terreno y los sistemas de saneamiento dejan de comportarse como se espera. De acuerdo con el material de SUNAFIL, cuando el terreno absorbe agua, se satura y pierde estabilidad, un talud, ladera, zanja o excavación puede quedar saturado e inestable. Cualquier trabajo o circulación dentro o junto a esa zona afectada expone a los trabajadores a la probabilidad de desprendimiento, derrumbe o atrapamiento, con posibles consecuencias que incluyen traumatismos, asfixia, aplastamiento o muerte.
En paralelo, cuando se desborda un sistema de desagüe o saneamiento, el entorno se llena de aguas residuales contaminadas, residuos, objetos cortantes y agentes biológicos. Los trabajadores encargados de la limpieza, la recuperación del área o simplemente de desplazarse por la zona afectada quedan expuestos a la probabilidad de contacto, inoculación o ingreso de estos agentes al organismo, lo que puede resultar en heridas, dermatitis, infecciones o enfermedades.
Este es, quizás, el bloque donde la línea entre «condición ambiental» y «riesgo laboral» se vuelve más delgada. El propio glosario normativo citado en el documento —correspondiente al Decreto Supremo N.° 005-2012-TR— define la exposición como la presencia de condiciones y medio ambiente de trabajo que implica un determinado nivel de riesgo para los trabajadores, precisamente lo que ocurre cuando alguien debe caminar, limpiar o trabajar en un área saturada de agua contaminada.
Pisos resbaladizos y calor extremo: los riesgos que se acumulan en lo cotidiano
El tercer frente es, paradójicamente, el más cotidiano y por eso mismo fácil de subestimar. Cuando se acumulan agua, barro o residuos en pisos y accesos, la superficie de tránsito se vuelve húmeda, irregular o pierde adherencia. El simple desplazamiento de trabajadores, usuarios o visitantes por esa superficie genera la probabilidad de resbalón, tropiezo o caída, que puede terminar en contusiones, esguinces o fracturas. Es, de todos los ejemplos citados, el que probablemente afecta a mayor número de personas, porque no requiere trabajos especializados ni zonas de riesgo evidente: basta con caminar por un pasillo o una entrada mojada.
El último ejemplo señalado en el documento tiene que ver con el calor. El Niño Costero eleva las temperaturas, y cuando esto ocurre en labores físicas o en ambientes con ventilación insuficiente, los trabajadores quedan expuestos a calor intenso o prolongado. Esto es especialmente relevante para quienes realizan trabajo al aire libre, conducen, operan maquinaria o desarrollan labores con esfuerzo físico, ya que enfrentan la probabilidad de sobrecarga térmica y disminución de la capacidad de respuesta. Las consecuencias documentadas incluyen deshidratación, calambres, agotamiento, golpe de calor o accidentes asociados a errores derivados de ese desgaste físico y mental.
Lo relevante es que ninguno de estos seis escenarios es resultado directo de la lluvia o el calor: son el resultado de cómo esos factores modifican un entorno de trabajo específico, generando peligros que antes no estaban presentes o intensificando otros que ya existían de forma latente.
Prevenir antes de que el peligro se materialice
El documento de SUNAFIL es claro en un punto: identificar estos seis escenarios no reemplaza la evaluación real de cada centro de trabajo. Los ejemplos «muestran una forma de lectura preventiva», pero la identificación y evaluación de peligros debe hacerse considerando las condiciones concretas de cada instalación y cada puesto. Las medidas de prevención y control, cuando son oportunas y adecuadas, reducen el riesgo y contribuyen a evitar o disminuir el posible daño; su implementación, además, no es opcional: constituye una obligación y un deber del empleador.
En un país donde El Niño Costero puede repetirse con distinta intensidad cada cierto número de años, esta cadena preventiva —modificación de condiciones, aparición de peligro, exposición, riesgo, prevención, reducción del daño— ofrece algo más que un marco conceptual: es una guía concreta para que cada centro de trabajo se pregunte, antes de que llegue la próxima temporada de lluvias, qué parte de esa cadena ya está rota y qué medida puede todavía evitarlo a tiempo.
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